(De Gregoire Le Roy)
Vendrá a la casa mía como mi bien amada,
No llamará a la puerta, no hará ningún ruido;
Vendrá familiarmente, pues siempre fue esperada,
Y entrará silenciosa creyéndome dormido.
No habrá de sentir miedo, pues ella lo sabía,
Al ver mi rostro hundido, con palidez de cera;
Y ante la luz escasa del moribundo día
Sentaráse callada junto a mi cabecera.
Desde hace mucho tiempo, solitario en mi vida,
Esperaba, en mi alcoba, tranquilo, su llegada,
Y sin temor mirando su faz ya conocida,
Dejaré que su mano coja mi mano helada.
Hablaráme en voz baja, me hablará dulcemente
De cosas del pasado, de una historia ya trunca,
De una casa cerrada junto a una clara fuente,
Y de tristes amores que no olvidaré nunca.
De Dios, cual una madre, con voz de honda ternura,
Me hablará compasiva, y como en un ensueño,
«¿Quieres dormir un poco ?», me dirá con dulzura,
Y cerraré los ojos para soñar risueño.
Ismael Enrique Arciniegas