LA MUERTE

(DE CHARLES VAN LERBERGHE)

¡Cuán pequeña su mano alabastrina!
Se diría flor pálida que a la onda se inclina.

Duerme, reposa inerte,
Tocada por la muerte.

Sin sangre, y en las venas tinte vago, azulino,
Cumplió ya su destino.

¡Puedes tomarla para ti. Señor!
Tocó la dicha, el infinito amor.

Brilla claro de luna sobre su faz tranquila,
Y oscurecen las sombras la luz de su pupila.

Entreabierta su boca,
Parece que, soñando, vaso invisible toca.

Su cabello han cortado,
Como bajo la hoz trigo dorado.

Lentamente, en la cámara desierta,
Sobre la noche en paz se abre la puerta.

Ismael Enrique Arciniegas

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