¡Cuánto frío! La escarcha sobre el huerto ha caído,
el sol en tanto acecho, pues sé la hora exacta
en que la aurora alumbra la nieve del Soracta.
De un Dios campestre, dura siempre la suerte ha sido.
Desde hace veinte inviernos, solo aquí, recluido,
languidezco. Mi barba se hace hirsuta y compacta;
mi bermellón se borra; mi base, antes intacta,
Se raja y por gusanos temo ser carcomido.
Si fuera Dios Penate o acaso un Lar siquiera,
familiar, repintado, robusto y satisfecho,
Con miel, frutas y flores en cada primavera !…
En tranquilo vestíbulo envejeciendo, el día
viril, toda la prole feliz, sobre mi pecho,
junto a abuelos de cera, sus bulas colgaría.
Ismael Enrique Arciniegas